El verano llega con más luz, más calor y, para muchas personas con migraña, más crisis. No es casualidad ni percepción subjetiva: los meses estivales concentran una combinación de factores que convierten esta época en la más exigente para quienes padecen cefalea. Conocerlos es el primer paso para gestionarlos.
El calor, un desencadenante real
Las altas temperaturas afectan directamente al sistema nervioso y vascular. El calor provoca vasodilatación (el ensanchamiento de los vasos sanguíneos) que puede aumentar la presión intracraneal y desencadenar una crisis. A esto se suma que la sudoración excesiva produce pérdida de líquidos y electrolitos: cuando el organismo se deshidrata, el volumen de sangre disminuye y el flujo de oxígeno al cerebro se reduce, un mecanismo bien conocido como desencadenante de migraña.
La Sociedad Española de Neurología advierte de que en verano son muchas las causas que hacen que aumenten las cefaleas entre las personas más propensas, y señala el calor y la propia claridad estival como los principales factores desencadenantes. En Andalucía, donde las temperaturas pueden superar los 40 grados durante semanas, este riesgo es especialmente relevante.
No solo el calor: los cambios de hábitos en verano
El verano no solo trae calor. Trae también vacaciones, horarios distintos, cenas tardías, noches más cortas y rutinas alteradas. Y para el paciente con migraña, la regularidad es un aliado fundamental.
Sueño, comidas y alcohol: los tres hábitos que más afectan
Los cambios en el ritmo vital que se producen en vacaciones, así como los desajustes en comidas y sueño, tampoco favorecen a los pacientes. Saltarse el desayuno, cenar a las once de la noche, dormir menos horas o en horarios irregulares son patrones que, por separado o combinados, pueden precipitar una crisis en personas susceptibles. Es algo que explicamos en detalle en nuestra guía sobre el estrés, el sueño y los hábitos de vida como desencadenantes de cefalea.
A esto se añade la exposición prolongada a la luz intensa y el deslumbramiento (otro desencadenante conocido) y, en algunos casos, el consumo mayor de alcohol, especialmente vino y cerveza, habitual en contextos de ocio estival.
La hidratación, la medida más sencilla y más olvidada
El coordinador del Grupo de Cefaleas de la SEN ha destacado que cuando llega el verano, la deshidratación puede facilitar la aparición de dolores de cabeza, por lo que es fundamental mantener una buena hidratación. La recomendación de la Unidad de Cefaleas del Hospital Universitario Virgen del Rocío es clara: beber al menos dos litros de agua diarios es una de las medidas básicas de prevención, especialmente en los días de más calor.
La señal de sed llega tarde: no esperes a tener sed para beber
Esto puede parecer sencillo, pero en la práctica muchas personas reducen su ingesta de líquidos cuando están de vacaciones o cuando el calor provoca inapetencia. La señal de sed, además, llega tarde: cuando aparece, el cuerpo ya lleva tiempo deshidratándose.
Qué recomienda el Grupo de Cefaleas de la SAN
El Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Andaluza de Neurología insiste en que cambiar los hábitos de vida es clave para controlar la migraña, y en verano esto cobra especial importancia. Mantener horarios regulares de sueño y comidas, hidratarse correctamente y evitar el ayuno prolongado son medidas que previenen las crisis.
Protección solar, gafas y evitar los cambios bruscos de temperatura
A estas se suman otras recomendaciones específicas para la época estival: evitar la exposición prolongada al sol, proteger la cabeza de la incidencia directa del calor, usar gafas de sol, vestir ropa ancha y de colores claros y evitar los cambios bruscos de temperatura (como pasar del exterior a espacios con aire acondicionado muy frío), un estímulo que por sí solo puede desencadenar una crisis.
Puedes consultar más información sobre el manejo de la migraña en el apartado de material de consulta del Grupo de Cefaleas de la SAN.
Planificar para no perder el verano
Quienes sufren migraña no tienen que renunciar al verano, pero sí planificarlo con más cuidado que el resto. Eso significa no olvidar la medicación habitual, llevar siempre el tratamiento sintomático encima y evitar las horas centrales del día en exteriores. Si se viaja, conviene informar al médico con antelación para ajustar el plan terapéutico si es necesario.
Entender bien el tipo de migraña que se tiene (si es episódica o crónica) es también clave para anticiparse a los periodos de mayor riesgo como el verano y actuar con suficiente margen.
La migraña no entiende de vacaciones. Pero con las precauciones adecuadas, el verano puede vivirse sin que el dolor dicte la agenda.






